martes, 11 de diciembre de 2007

SI VIENES A MI...




Si vienes a mí, hazlo vestida...
Vestida con tus juicios y prejuicios, con tus dudas y tus miedos.
Vestida con tu noche y el silencio de tus secretos inconfesables.
Vestida con tus celos y tus recelos, con la mirada baja de quien siente el rubor de la vergüenza.
Si vienes a mí, no vengas desnuda... Ni de cuerpo ni de alma.
Llega a mí con la dulce timidez de quien no se atreve a llamar, con la confusa sensación de haberte equivocado de camino, con el pulso acelerado por el temor agridulce a lo desconocido.
Si vienes desnuda, date la vuelta. Vístete primero.
Que para alcanzar la libertad de tus deseos, has de llegar vestida.
Vestida de ti misma, de lo que eres, de lo que piensas, sientes y deseas.
Si llegas desnuda, no creeré en ti.
Si vienes desnuda, puedes marcharte...
Porque no podrás entregarme tu desnudez, si ya estás desnuda mi niña...

ERES MIA...





Eres mi posesión, yo soy tu dueño,
carcelero del alma sometida,
prisionera desnuda y ofrecida
en la luna sin noche de tu sueño.

Te encadenas a mí, con el empeño
de entregarme tu ser donde se anida
tu esencia de mujer enardecida
por un cálido amor del que me adueño.

Me perteneces toda, te reclamo,
te ordeno que me entregues, día a día,
la noche virginal de tu deseo.

Despójate del alma si te llamo
a ser parte de mí... Porque eres mía
te desnudo, te quiero, te poseo...ROSA

QUIEN ERES?...





¿Quién eres? – dijo la mujer.
– Soy un hombre – contestó el hombre.
– Ven conmigo – le propuso la mujer. – ¡Estoy tan triste!...
– No puedo ir contigo –dijo el hombre–. No estás domesticada.
– ¡Ah, perdón! – dijo la mujer. Pero después de reflexionar agregó: – ¿Qué significa domesticar?.
– No eres de aquí – dijo el hombre a la mujer. – ¿Qué buscas?...
– Te busco a ti – dijo la mujer. – ¿Qué significa domesticar?.
– Es una cosa demasiado olvidada – dijo el hombre. – Siignifica “crear lazos”.
– ¿Crear lazos?.
– Sí – dijo el hombre. – Para mí no eres más que una mujer semejante a cien mil mujeres. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un hombre semejante a cien mil hombres. Pero, si te domestico, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí única en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

(Inspirado en un pasaje de "El Principito", de Antoine de Saint-Exupéry)

MANOS...


Manos que recorren tu cuerpo, inventando caricias, recreando placeres. Manos alfareras que moldean, milímetro a milímetro, tu piel, dibujando contornos, buceando rincones, descubriendo secretos espacios y ocultos lugares. Manos desplomadas sobre la tierra caliente de tu universo de mujer, elevadas al inmenso firmamento de tu ternura, sumergidas en las profundidades de tu océano, fundidas en el crisol transparente de tus manos.




Manos desterradas y acogidas en cada curva y en cada pliegue del infinito de tu cuerpo desnudo, modelando los sueños apenas trazados con las yemas de los dedos, como una estela de ilusiones, como la huella invisible del tiempo detenido en cada poro, en cada luna, en cada constelación de tu cielo. Manos para agarrarte, para apretarte, para recorrerte, para sentirte, para acercarte, para atarte, para soltarte...

Manos para crearte, palmo a palmo, trozo a trozo, centímetro a centímetro, mujer nacida entre mis manos. Mis manos descarnadas que te encarnan, dia a dia, vida a vida, desvividas por morir –como las olas– sobre la arena suave de tu orilla. Inventando caricias, recreando placeres... Recorriéndote, Rosa, de parte a parte, para dejarte prendida en cada línea, en cada huella, en cada palma, en cada surco de mis manos prisioneras en la cárcel sin salida de tu cuerpo...

NADIE...




Nadie como tú sembró diciembres en mi alma. Ni esperó a mi vera a que llegara la madrugada. Nadie como tú me roció de ilusiones la mirada y puso en fuga a las sombras, que mis perímetros circundaban.

Nadie como tú entretejió de rimas mis palabras. Ni compuso mejor sinfonía para que mi deseo con tus caricias bailara. Nadie como tú hiló tan generosamente de pétalos una guirnalda, que invistió mis sienes y me proclamó, de la felicidad, el propietario.

Por eso, de par en par, desnudo, cándido, a ti entregué mis armas, forjadora de sueños, centinela de mi agua. Por eso y porque de no haberte conocido, este ingenuo corazón, nunca habría aprendido a querer como hoy te ya te quiere, mi niña, Rosa.