lunes, 10 de diciembre de 2007
TE SOÑE... MI NIÑA MORGANA...
Aun a pesar deno conocerte si que se sentirte morgana...
En mi sueño te veía sin rostro, es decir, caminaba contigo teniendo la conciencia de que eras tú, pero sin saber como eras.
Cogidos de la mano, caminábamos en silencio por el bosque. Con ese silencio que encierra la más grande felicidad, ese silencio que permite escuchar el tronar de las hojas al pisarlas, el cantar de las aves cuando entonan himnos, el abrirse paso entre las sombras de los rayos del sol y el cantar de las copas de los árboles sacudidas por el viento. Todo ello escuchado en el silencio, a sabiendas que todos éstos crean loas en derredor nuestro, salmos que cantan nuestro amor. Y nosotros felices tomados de la mano escuchando cómo la naturaleza se alegra y goza con nuestro encuentro y nos invita a ir cada vez más hacia sus entrañas.
Llegamos al paraíso.
Un prado de pasto tupido y suave que invitaba a recostarse sobre él y enfrente de este jardín un río que lo atravesaba sigilosamente con el tierno arrullo de su corriente. Lo admiramos y luego nos miramos. Al hacerlo, nos dimos cuenta de que estábamos en medio de la nada. De la nada y a la vez de un todo que nos invitaba a la intimidad.
Sin decir palabra nos besamos. Fue así como entró la lujuria en nuestros cuerpos y se desató el torrente de fuego que yo había encarcelado en mi interior hace ya mucho tiempo. En tu mirada vi brillar a la diosa de la belleza que te cubría con capa de luz, la cual, llenaba todo tu ser de una belleza sublime, un resplandor de hermosura que nunca será visto.
Estaba yo en éxtasis, pero me volviste en mí dándome un abrazo. Con ese abrazo, el fuego, que apenas surgía, me incineró en un instante. Tomándote de tu cintura, te besé tiernamente en tus labios y saboreé gustoso el dulce néctar que de ellos salía.
Beso tras beso fui experimentando muchas nuevas emociones, cada beso tuyo, transmitía una nueva sensación de placer, de calor, de ternura y de lujuria. Nadie antes me había besado tanto y tan bellamente como tú.
Mis manos llevadas ya no por mi razón, si no por una fuerza desconocida, corrían por tu cuerpo lentamente. Iban de un lugar a otro apenas tocándote; de abajo a arriba, viaje en tus brazos; tu espalda la medí a palmos; tu cintura cabía entre mis brazos y tus pechos, que me pedían a gritos que los acariciara, no me atreví a tocarlos.
Vine a sentir tu suave y delicada piel, cuando te recosté en el pasto pues al hacerlo, una de mis manos quedó accidentalmente colocada en tu desnudo abdomen, fue entonces cuando, sin despegarla de tu piel, comencé a recorrer nuevamente tu figura.
Nuestros besos continuaban, pero lo tierno, ya se había tornado candoroso y lo candoroso en una pasión sin freno.
Con mi otra mano me deshacía difícilmente de tus vestidos y no lo hubiese logrado si tú, como leyéndome la mente, no me hubieras ayudado. Con increíble soltura, esquivabas tus ropas y te deshacías de ellas, al mismo tiempo que me desnudabas parcial y poco a poco.
Mis besos habían dejado ya tu boca y ahora recorrían tu cuello. Mientras que seguíamos el juego del despojo de todo lo que nos estorbaba para nuestra entrega.
Cuando quedamos desnudos y vi tu figura completa, sentí como si un ser divino estuviera enfrente de mí. Tus líneas no hacían más que invitarme a recorrerlas con mi boca y... así lo hice.
Mis besos que estaban en tu cuello. Con mi lengua lo recorrí mientras ésta pronunciaba suaves palabras de amor y pasión. Bajé a tus pechos, los cuales ya estaban en posesión de mis manos. Tus pechos me parecieron tan bellos a la vista, tan suculentos al gusto y tan admirables al tacto que ya no quería dejarlos ni un momento, pero tus gemidos me dijeron que continuara.
Dejé entonces que mi boca gustara de tus delicias y que se arriesgara a excursionar por esas montañas tan llenas de encantos. Besé pues tus redondos pechos, los lamí y chupé. Con tiernos mordiscos, conquisté tus excitados pezones, fue como conquistar la mejor de las montañas. Mientras, mis manos se separaron y se aventuraron a recorrer lo que restaba de tu cuerpo. Viajaban por tus brazos, tu espalda, una bajó a tus piernas la otra en tu hombro, tu cuello y tu rostro hasta que, cómo si se hubiesen puesto de acuerdo, se toparon frente a frente, pero en dos elevaciones diferentes, se saludaron, pero se negaron a soltar el glúteo que cada una había encontrado. No se soltaban porque estaban como en el cielo y se aferraba cada una al suyo como si de ello dependiese su existencia.
Los sostenían a veces tiernamente para sentir su suavidad, su redondez, su perfección y a veces con gran fuerza y brusquedad llevadas por la pasión y el desenfreno.
Mi boca se animó a bajar de tan suculento lugar, con la esperanza de encontrar un lugar con mayores goces y... así fue.
Llegué a ese lugar no sin antes recorrer un largo y sabrosísimo camino en el que sentí con mis labios un abdomen firme y delicado. Mi lengua se entretuvo un poco al encontrarse con tu ombligo en el que se introdujo varias veces jugando a las escondidas.
Al seguir bajando, me topé con tu vientre y lo besé con gran ternura como sabiendo que en este lugar se encontraba la fuente de toda dulzura. Mis manos seguían recorriéndote; ahora estaban en tus pechos, ahora estaban en tus piernas, o, en su lugar favorito... tus nalgas.
Para entonces con mi barbilla sentía el roce de tu bello púbico y disfrutaba extraordinariamente de tal sensación. Como un imán me atraía la parte que escondes entre tus piernas. Pero quise retrasar mi llegada y me desvié a tus muslos. Muslos que me conquistaron en cuanto los vi tan firmes y blancos, tan lisos y suaves, tan... suculentos.
Estuve allí hasta que tus gemidos me indicaron el momento exacto para ingresar al valle del placer. Mis brazos se colocaron debajo de tus piernas y mi boca colocó sus labios en tus labios vaginales. Empecé a lamer tu vagina muy, pero muy despacio. Recorría tus labios con mi lengua y me detenía más tiempo en tu clítoris. Lento y suave, mi lengua saboreaba lo más dulce de ti.
Tus apenas escuchados gemidos se habían convertido ya en gemidos profundos y ahogados, acompañados de contorciones corporales que hacían que me excitase más.
Mi lengua se introducía hasta donde más podía y llegó el momento en el que se concentró únicamente en tu clítoris y lo chupé con desenfreno una y otra vez y no pare de chuparte tu húmeda vagina, hasta que sentí que tus líquidos recorrían mi boca y escurrían hasta mi cuello.
La contorsión que te provocó el orgasmo, hizo que levantases una de tus piernas y yo, ágil y sutilmente, me recorrí de forma admirable a una nueva posición. Ahora el punto que mi lengua buscaba sin cesar, eran tus nalgas. Mis manos extendidas ampliamente cubrían parte de tus nalgas y las forzaba a separarse para que mi lengua pasara sin problema. De vez en cuando daba pequeños mordiscos a tu delicioso trasero y mis manos aferradas a tus redondas nalgas, las apretaban y las acariciaban.
Cuando tus gemidos se hicieron presentes, supe que ya estabas recuperada y lista para llegar al orgasmo una vez más. Fue entonces cuando una de mis manos se alejo de su respectivo glúteo y empezó a excitar tu vagina, que aun estaba húmeda y lubricada. Así que sin necesidad de humedecer mis dedos, pude recorrer tus labios, jugar con tu clítoris abrir tu vulva y meter dos de mis dedos.
Mi lengua continuaba lamiendo tus nalgas y un dedo travieso empezaba a querer meterse entre ellas. Tú, aprobando tal acto, empezaste a ceder y a permitir que mi dedo se introdujera muy despacito. Así una mano acariciaba tu vagina, y la otra se abría pasó en tu ano.
Mi pene estaba a tope fuerte y rígido como roble y al tenerte en esa posición, entré en conflicto por un momento, pues no decidía donde introducirlo. Opté de forma natural por tu vagina, pero unas palabras, entrecortadas y ahogadas en placer que me dirigiste, cambiaron mi opción; "por atrás" me dijiste y, como un ser sin voluntad, seguí tus palabras.
Para esto, ya tenía uno de mis dedos dentro de tu otro precioso cofre. Lo saqué y puse en posición mi pene y lo introduje poco a poco, muy muy despacito. Al principio me ardía horrores pues estabas cerradita, y al juzgar por tus gemidos, a ti también te sucedía lo mismo. Pero a ambos el dolor se fue convirtiendo en placer, en un placer mezclado con dolor , un placer que se gozaba en cada arremetida, por lo regular violenta, como queriendo entrar hasta donde más se pudiese.
Ya sin respiración y con mi cuerpo tan contorsionado que parecía poseído por el dios del amor y con mis músculos tan tensos que se marcaban cada cual y mi vientre tan caliente y tan furioso que era comparable con un volcán a punto de estallar. Ya solo bastó un apretón de tus nalgas para que no pudiera soportar más ese fluir de lava que tenía dentro y, como erupción repentina y violenta, salió mi lava ardiente una y otra vez llenando tu interior de un calor que recibiste con un gemido de placer. Me salió tanta que parecía que no iba a terminar nunca. En cada erupción, sentía que se me iba la vida. Un goce que por más que busco no encuentro palabras para describirlo.
Cuando concluyó mi eyaculación y la última gota de mi lava había salido ya, me derrumbé sobre ti. Me recosté sobre tu cuerpo buscando tus cuidados y tu protección. Tú me recibiste con una expresión de cariño y de placer. Me abrazaste y nuestros sudores se mezclaron y nuestras respiraciones se entrelazaron.
Pasando un minuto de reposo mutuo, me empezaste a besar y a acariciar. Me hiciste recostar totalmente y te colocaste sobre mí. Fue entonces cuando tus labios empezaron a besar expertamente los míos y, siguiendo el recorrido que mis labios habían hecho sobre tu cuerpo, avanzaron hacia mi cuello y mi pecho. Tus labios tiernos, jugosos y hábiles sabían arrancar suspiros de mí con sólo besar mi cuello. Estos suspiros multiplicaron su número e intensidad cuando tu boca recorrió mi pecho mordiéndolo, besándolo y arañándolo con tus manos.
Cuando tu boca llegó a mi firme abdomen, mi pene ya estaba tan erecto como hace unos instantes. Tus besos se colocaron en cada músculo de mi abdomen y bajaron hasta mi ombligo. Fue allí donde te topaste con mi, poco pero firme, vello.
Sin avisar y de un brinco, tus labios fueron a dar a mi pene. Abriste tu boca e introdujiste mi pene en tu boca. Ante esta indescriptible sensación lo único que pude hacer fue tomarte de los cabellos y lanzar una exclamación de inigualable placer. Me lo chupaste de arriba a bajo, te lo metiste todo en tu boca y lo saboreaste como si tuvieras enfrente el mejor de los majares. Colocabas mi cabeza en tus labios y lo chupabas, lo mordías y lo succionabas. Tu mano me agarraba la base y tu boca recorría mi erecto trozo de carne. Pasabas de chupadas a mordiscos suaves que me hacían perder el juicio. Cuando ya no puede contenerme más salió de mi una segunda eyaculación, la cual recibiste y saboreaste sobre tus erectos pezones. Exprimiste mi pene hasta que tuviste la certeza de que no quedaba gota alguna...
Subiste a mi hasta quedar rostro con rostro. Me sonreíste y me diste un beso que encerraba don y agradecimiento, complicidad y ternura, gozo, placer y descanso.
Te recostaste en mi brazo y abrazándote para protegerte de todo, dejamos que el río, cómplice nuestro, nos arrullara con su dulce melodía. Nos dejamos seducir por el canto de la naturaleza, con los ojos cerrados nos transmitíamos caricias de amor y con tiernos besos resumíamos todo lo que experimentamos. Cuando nos atrevimos a mirarnos nuevamente, nuestros ojos contenían el mismo pensamiento –CONTINUAR- y como si se tratase de una competencia, los besos y caricias se desataron y corrieron desesperados por todos lados.
Y cuando el calor de nuestros cuerpos disponía una nueva modalidad en el amor......
......sonó mi despertador.
Fue un largo y bello sueño. El mejor que he tenido, el más deseable, el más intenso, el más real, el único en magnitud, el que ha estado en mi mente desde que sé de ti, el más perfecto, el más dulce y candente..... pero sueño al fin.
DEDICADA A MI...

Culminas tu placer provocando el mío... Tras el último temblor de tu cuerpo estremecido, te dedicas a mí, ofreciendo tus manos a mi piel, entregando tu boca a mi deseo apretado en las venas de mi sexo palpitante... Lo besas y lo lames, como en un ritual de adoración, en una acción de gracias que ofrecieras tras el gozo de tu sexo penetrado...
Te dedicas a mí, anhelando mi placer, hambrienta de mi carne aún impregnada de tus jugos de mujer, sedienta del néctar agridulce que harás derramar sobre tus labios afanados en recorrer cada centímetro de mi sexo al ritmo febril que impone tu boca posesiva...
Degustas el sabor de tu propio placer en el primer envite de tu lengua, inundas de saliva el glande descubierto y excitado, tragas y destragas con ardiente pasión la endurecida superficie de mi verga, haciéndome temblar...
Gimes y jadeas cuando te detienes, apenas el instante que precisas para recobrar el aliento... Te excita saberme sometido al dominio de tu boca y de tus manos... Te excitan mis gemidos, mis dedos que se enredan en tu pelo y se clavan en tu nuca, la tensión de mis nalgas y mis piernas ante el orgasmo inminente, saber y sentir que bastará un leve roce de tus labios para hacerme vibrar y estremecer...
Dedicada a mí, tus dedos culminan mi placer, cerrados sobre el tronco de mi sexo, agitando su piel con vehemencia, sintiéndola palpitar y contraerse... Te detienes y oprimes tus dedos para tensar la piel deslizada... Una oleada de fuego recorre mi columna vertebral... Contengo la respiración mientras siento fluir el semen por el interior de mi verga... La primera contracción, el primer espasmo, el grito inevitable de placer, el esperma brotando como un latigazo de deseo, restallando en tu boca ofrecida y oferente, abierta para atrapar golosamente el jugo exprimido por tus labios y tus manos...
REFLEJO...

Reflejo de ti misma, tú frente a ti, a solas contigo en la íntima soledad de tu habitación. Muéstrate desnuda, contempla en el espejo la desnudez absoluta de tu cuerpo, de pie, enfrentada a tu imagen retadora, a tus ojos que escudriñan tu mirada temerosa. Mírate con ojos profundos y lascivos, llénate de deseo, enamórate de tu ser idéntico y complementario, distinto sin embargo en sus sueños ocultos, en tus sueños reflejados en la mujer que contemplas frente a ti, imagen de ti misma, verdadero yo de tu auténtico ser.
Arrodíllate... Es una orden que te grito y que te grita tu imagen reflejada. Póstrate ante mí, ante ella y ante ti, sometidas frente a frente, sumisas de rodillas, a merced la una de la otra. Bésate, acaríciate, fúndete contigo misma, tus labios que buscan tus labios, tus pechos apretados en tus pechos, tu vientre agitándose contra tu vientre, tu sexo humedeciendo tu sexo... Penétrate hasta alcanzar el orgasmo compartido... Escúchala gemir... Escúchate gemir...
Tú y tú a solas... Pero solo tú -y no ella- te entregarás a mí...
EL DOLOR DEL ALMA...
QUIERO ENTRAR EN TU ALMA...

Me gustaría entregarte mis manos, pero aun no he podido, pero si... Te concedo, sin embargo, el premio de mis labios sobre tu cuerpo... La caricia de los besos... El cielo de mis caricias de besos manuscritos...
Quiero que mis labios sean los descubridores de los secretos de tu piel, aventureros de los rincones ocultos, incluso para ti...
Te poseo, por vez primera, con mis labios enredados en tu pelo,... Mis labios que apenas rozan el lóbulo de tu oreja derecha para descender por tu cuello, recorriendo el camino que les lleva hasta el de la izquierda... Allí, se deslizan suavemente por el contorno de tu oreja, para acabar haciéndose susurro de deseo en tu oído... Susurro de cariño y de respeto...
Mis labios que besan tu contorno de mujer, detenidos en tu hombro derecho, río abajo de tu brazo, buscando los vericuetos de los dedos de tus manos, río arriba hasta tu axila recién descubierta... Siluetean el contorno de tu pecho y descienden por el sendero de piel que lleva a tu cintura, a tus caderas y al remanso suave de tu pierna...
Tú permaneces erguida, igual que frente al espejo... Es tu amo quien se reclina, quien se arrodilla ante ti, regalándote una adoración de besos en tu pie, antes de comenzar la ascensión hasta la cumbre de tu pubis, punto de partida de un nuevo descenso por el interior de tu pierna izquierda y de un nuevo ascenso, desde tu pie hasta tu hombro...
Mis labios que recorren el perímetro de tu cuello y avanzan redibujando la estela de tu columna vertebral, invadiendo la tierra firme de tu espalda para tomar posesión de la redonda isla de tus nalgas... De tu cintura circundada por mis besos que llegan al oasis de tu vientre y de tu ombligo, donde mis labios se juntan y aprietan, para ahondar en su profundidad, arrastrados por el reflujo de la marea de tu agitada respiración...
Vientre arriba, la conquista de una constelación de cinco pequeños lunares en el universo de tu cuerpo, justo antes de sitiar, definitivamente, el valle de tus pechos deseados, de tus grandes aureolas rosa-ocres, de tus pezones erguidos entre mis labios... Mis labios que muerden suavemente tus pezones...
Poseída, por vez primera, por mis labios que descienden por tu piel hasta tu sexo, sedientos de tu placer derramado sobre ellos, de tu esencia de mujer entregada a mis besos dominadores... Esclava virgen, desflorada de besos que atrapan la carne suave de tus labios vaginales y apresan tu clítoris escondido, para hacerte cautiva del deseo convulso, del húmedo placer vertido, de la locura del éxtasis consumado...
Mis labios que, por fin, encuentran los tuyos para dejarte en tu boca el intenso sabor de tu propio placer impregnado en la mía...
Las últimas caricias de mis besos, apenas rozarán tus mejillas calientes y la breve extensión de tu nariz... Y en la estrechez de tu frente, un último beso, profundo y ardoroso...
Ya puedes vestirte... Ahora solo deseo contemplar la desnudez de tus ojos y la puerta siempre abierta que conduce a tu alma desnuda...
TE DESEO...

Enredaré mis brazos a tus caderas,
anudaré mis besos a tu cintura.
Anudada tu carne, te tortura
un silencio de sensaciones prisioneras.
El deseo y el silencio, enredaderas
que trepan por la dulce encarnadura
de tu piel, penetrando la hendidura
de tu sexo que aviva mis quimeras.
Descarnaré el silencio con tus gritos,
destreparé tu carne con mis besos
navegando con ellos el mar de tu cintura,
esclava de silencios infinitos,
de sensaciones descarnadas en mis huesos,
en el mar de mi noche más oscura.
DESEAME...

Deseame, en cada palabra y en cada beso, en cada caricia sentida o deseada, en cada súplica y en cada orden, en cada herida desangrada por amor...
Deseame en cada castigo y cada recompensa, en cada ofrecimiento y cada entrega, en la atadura del cuerpo, en la libertad del alma, cada vez que me recuerdes, cada vez que te olvide...
Deseame en el dolor, en el profundo dolor de tu carne, en el grito de dolor de tu boca... Y en el placer, deseame en el placer, en el profundo placer de tu carne, en el grito de placer de tu boca...
Deseame en tu desnudez completa. Vístete de amor cuando te desnudes, cuando te desnude, esclava del amor y por amor...
Deseame en cuerpo y alma...
Porque, en cuerpo y alma, quiero ser merecedor de tu entrega mi niña...
NO TE SUELTES

No te sueltes, cielo, que en este camino precisas mi mano apretando la tuya. No te sueltes nunca que el camino es largo y te da mi mano fuerza y esperanza.
Caminar conmigo es vencer los miedos y escalar la vida en busca de vida.
No te sueltes nunca que yendo conmigo todo te será realmente alcanzable.
Mira, si tropiezas, si caes en la noche, mi mano sostiene tu leve cansancio. Si tienes mi mano no importan las piedras ni importan barrancos ni oscuros abismos.
No te sueltes, cielo, no te sueltes nunca...
Que no sabrás dónde ir si no tienes mi mano...
Que no sabré dónde ir si no tengo tu mano...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
