sábado, 8 de diciembre de 2007

MORGANA_LE_FEY

Hoy he estado hablando con un ser muy especial y sorpresivo, que hace dias que me ha llamado la atención y por fortuna he tenido el privilegio de compartir una hora de charla con ella, y sin duda me afianzo en lo que pensaba sin temor a equivocarme, es un se especial, y ella misma se define como una gatam eso me hizo mucha gracia cuando la oi decirlo, y hoy le quise dedicar algo muy especial que ahora dejare aqui plasmado para ella y todo aquel que lo quiera leer, espero que se sienta tan agusto leyendolo aqui como yo me he sentido al dedicarselo a ella y que vea que tambien se ponerme en el otro lugar, es mas sabes que me gusta hacerlo... mil besines mi niña, y gracias por este bonito privilegio que ha sido encontrarte en este camino, a veces tan lleno de incomprension, obstaculos y dificultades, gracias de verdad, cielo.



Es increíble el poder que encierran las cosas pequeñas.
Nadie sabe lo que puede provocar un solo rayo de luna…
Una luna enorme se divisaba por encima de los techos. La luz caía sobre las cosas como perla molida, como harina de ópalo, dejando la equívoca reverberación de un pez fugitivo. Escondida en el callejón, Miu Miu alzó la vista a la luna con aquellos ojos que brillaban como topacios vivos entre el pelaje negro. Había llegado otra noche, una nueva oportunidad.
Las suaves almohadillas de sus patas se apoyaron silenciosas sobre el tejado. La fiebre la atormentaba y se agitaba en su sangre sin que pudiera evitarlo. Saltó ágilmente de alero en alero y bajó hasta el callejón. Todo estaba en silencio y la oscuridad era completa. Miu Miu se refugió en el rincón más solitario y aguardó. La suave piel se le erizó en un temblor repentino. La sensación se impuso. No había nada que pudiese evitarlo. Aquello era una maldición.
Sintió que se quemaba interminablemente y que un resplandor súbito cegaba sus ojos. Después todo se oscureció y quedó exánime. Cuando se recobró, al rato, se levantó con dificultad. Unos pies femeninos —blancos, suaves, desnudos— se estremecieron al tocar las piedras resbalosas. Echó a andar con paso vacilante. La luz de la luna daba a la calle un brillo insólito. Bajo esa claridad sus pupilas dilatadas se orientaron por el laberinto de calles.
Cerca de un garito se cruzó con él. Su olfato lo reconoció antes que los ojos amarillos. Sus rasgos podían ser distintos a través de los siglos, pero no su aroma. No hubo palabras. En cuanto la vio, se aproximó. La aguardaba.
Caminaron hacia el final de la calle y se metieron bajo el portal de una casa abandonada. Ella se arrodilló y la introdujo entre los labios. Él sintió la áspera caricia de su lengua de gata sobre la sensible piel turgente. Un quejido profundo escapó de su pecho, como un ronroneo sordo. Ella lamió y chupó con deleite las primeras gotas de aquella miel espesa y salada que escapaba por la punta. La respiración se fue agitando a medida que la labor en la entrepierna se intensificaba.
De pronto él supo que no podría contenerse por más tiempo. Entonces la detuvo. Ella se puso de pie y lo dejó que apreciara una vista completa de su cuerpo desnudo. Se estremeció ante la perfección de aquella figura exquisita: Las tetas abundantes y pesadas, en contraste con la brevedad del talle y la frágil cintura de junco, las caderas rotundas que daban paso a la suavidad lacia de los muslos, el triángulo de vello púbico que destacaba, oscuro, contra la claridad del vientre...
La asió por la cintura y la acercó a su cuerpo con brusquedad. Ella se dejó lamer, hurgar, estrechar y magrear, correspondiendo a las caricias con gemidos ásperos de fiera herida. Luego, él la hizo volverse de espaldas e inclinarse. Obedeció y se puso en cuatro patas, con la grupa hacia él, abierta y dispuesta. Cerró los ojos. Sintió cómo la verga se abría paso por su intimidad hasta dejarla repleta de aquella carne extraña, ajena. A través de su cuerpo advirtió los jadeos y la turbación que lo embargaban. Durante unos instantes él permaneció inmóvil, sopesando la presión de aquella vagina distendida al máximo para poder albergar su garrote.
Le dio una nalgada y aquella bestia azuzada partió a galope tendido en una carrera indómita. Inició un mete saca de ritmo febril y él no hizo sino seguirla por los rumbos adonde quiso conducirlo. Le soltó la rienda y dejó que fuese ella quien marcara el paso. Únicamente se aferró con manos poderosas a las caderas.
Los dos se abandonaron a aquel placer tormentoso, pero era ella quien sobaba una y otra vez su coño a lo largo de la verga enhiesta y húmeda. Era ella la que se empalaba a fondo con una agitación febril. Era ella la que jadeaba y gemía como la bestia en celo en que estaba convertida.
Aquella cabalgata de medianoche fue subiendo de intensidad hasta que él comenzó a derramarse en su interior a borbotones, llenándola hasta los bordes con su vino espeso y viscoso. Tembló al sentir el orgasmo masculino y se tensó como tocada por un cable eléctrico. La espina se arqueó, lo mismo que las plantas de los pies, y gritó con un rugido de leona, sacudida como una hoja al viento. Se abandonó a las sensaciones, completamente entregada, y jadeó y gimió presa de la más exquisita tortura.
Fue mucho después, cuando por fin se recobró de aquel arrebato. Abrió los ojos y notó que estaba sola. Se levantó con alguna dificultad y se alejó del sitio.
No supo durante cuánto tiempo anduvo errante por las calles solitarias. Un viento helado agitaba las ramas y ponía a temblar al agua retenida entre las piedras. Su olfato encontró sin dificultad el camino de regreso a casa. Volvió sobre sus pasos hasta el callejón oscuro donde había recobrado su piel original, la misma que vistiera muchos siglos atrás, antes de ser víctima de aquel hechizo que la convertía en una pequeña bestezuela furtiva. Se agazapó entre las sombras y aguardó. No tardaría la luna en devolverle la forma tras la que se había ocultado durante tanto tiempo.
Oculta por la nube, la reina de la noche se resistía a mostrar su rostro, hasta que se disipó la barrera y el astro hirió con un rayo su frente. Pero en lugar de regresarla a la forma felina, la luna dibujó la belleza prístina de la piel de alabastro, lisa y desnuda, y la acarició como un guante al deslizarse por la mano que alberga. Una voz sonó en su interior: "Eres libre", dijo.
Miau Miau comprendió entonces que su largo exilio había terminado y que estaba destinada a volver a la tierra en forma de mujer. La luna conocía su verdadero nombre: Morgana_le_fey. En los ojos de topacio brilló un breve relámpago. Nueva vida se agitaba en su interior. Con una última mirada de agradecimiento, sonrió.
Sus pies desnudos se estremecieron al tocar el pavimento húmedo. Sin decir palabra, echó a andar.

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